jueves, 23 de julio de 2015

Los hábitos alimentarios



Los hábitos son comportamientos que se repiten con frecuencia en el tiempo y en ambientes similares, pero que van mucho más allá de la simple repetición de conductas. Implican una secuencia aprendida de actos que han sido reforzados tras el paso del tiempo a través de experiencias gratificantes internas o brindadas por el medio ambiente dando lugar a un comportamiento que en gran medida está más allá de la conciencia y que se activa automáticamente por señales específicas.
Los hábitos alimentarios incluyen más que el ingerir alimentos, implican una sucesión de hechos y pensamientos que si bien culminan en el momento de la ingesta, tiene una serie de antecedentes que llevan a ese desenlace: la selección y compra de ingredientes, la preparación culinaria, la cantidad que se ingiere, la frecuencia con que se ingiere, e incluso la fisiología del apetito y la saciedad.
En términos fisiológicos, el hambre y la saciedad son regulados por un sistema neuroendocrino a través de señales moleculares centrales y periféricas que se integran en el hipotálamo, la falla en este sistema puede llevar a la presencia de desnutrición si el daño fue en hipotálamo lateral, u obesidad si ocurrió en los núcleos hipotalámicos ventromedial y paraventrieecular al no haber una adecuada regulación de la saciedad. Dichas fallas tienen gran influencia en los hábitos alimentarios de los sujetos.
Por otra parte, los hábitos alimentarios en toda la complejidad que implican desde la selección y compra de los alimentos hasta las porciones que se ingieren, están determinados por aspectos familiares, culturales y sociales, a los cuales se agrega el nivel económico en función del poder adquisitivo y la oferta y demanda de productos. Todo lo anterior posiciona a los hábitos alimentarios como procesos complejos tanto para su cambio como su desarrollo por la manera en que han sido interiorizados por el sujeto que los lleva prácticamente a respuestas automáticas.
El hábito como respuesta automática
Cuando una conducta es habitual la persona requiere poca información; suelen actuar sin mucho detenimiento para analizar las situaciones debido a que el comportamiento se desencadena mayormente en concordancia con el comportamiento pasado. Por tanto, la intencionalidad del sujeto resulta ser un pobre predictor debido a que la conducta se presenta en función de estímulos situacionales como una respuesta automática ajena a la conciencia del sujeto.
Repetir una conducta a lo largo del tiempo y en las mismas condiciones ambientales lleva a que ésta se automatice respondiendo al estímulo contextual.
Para que se dé dicha automatización, hubo antes un proceso en el cual se obtuvo algún incentivo cada vez que se emitía la conducta alimentaria. Dicho incentivo pudo provenir de una fuente intrínseca o extrínseca: el sabor de los alimentos, la memoria olfativa o emocional ligada a los alimentos, la sensación de saciedad que generan, sus costos, accesibilidad, la rapidez de su preparación y la aceptación de su consumo en determinados grupos sociales.
Los hábitos como procesos contexto-dependientes, son influidos por condiciones ambientales determinadas: algunos espacios físicos, factores sociales o la presencia de otras personas que funcionan como activadores automáticos de la conducta habitual. Los hábitos se asumen como comportamientos aprendidos en los cuales los factores ambientales influyen de forma determinante por el incentivo que brindan a su expresión.
Lo anterior trae como consecuencia una disposición a repetir el comportamiento pasado, ante la presencia de los factores desencadenantes que además, resultan ser comunes en el contexto del sujeto. Por lo anterior, son potentes predictores de la conducta, al ser evocados por estímulos ambientales que no requieren una mayor revisión.
Cabe señalar que más allá de lo contextual, también se ha observado que determinados estados emocionales llevan a la emisión de conductas habituales para el sujeto. Por ejemplo, sentirse triste o con ansiedad lleva a excesos en la alimentación o preferir el consumo de alimentos altamente calóricos. Incluso algunos estudios han mostrado que el consumo de ciertos ácidos grados reduce los niveles de ansiedad, lo cual se ha asociado a que son composiciones similares a las contenidas en la leche materna y el líquido amniótico.
Derivado de lo anterior, la modificación de hábitos alimentarios resulta ser un proceso complejo. Por lo que, las intervenciones enfocadas a esos fines deben tener en consideración esta complejidad y las características propias del hábito, para encontrar mecanismos ad hoc para su modificación.
La modificación de hábitos alimentarios
La modificación de conductas tiene sus matices dependiendo de las características de la misma. Las estrategias basadas en la intencionalidad del sujeto y el establecimiento de objetivos funcionan perfectamente cuando se trata de conductas aisladas o esporádicas. En cambio, cuando los hábitos están muy arraigados en el sujeto estas estrategias son poco efectivas para lograr el cambio
Lo cierto es que la modificación de hábitos alimentarios implica un reto más allá de lo que pudiera ser la incorporación de una conducta o la extinción de otra que se realiza poco frecuentemente. Aunado a la intencionalidad y planteamiento de objetivos, deben trabajarse aspectos psicológicos como actitudes y motivación para que se den estos cambios por lo que las estrategias regulares que se dirigen a brindar al sujeto información necesaria sobre el beneficio que obtendrá, pueden no ser funcionales o serlo en muy baja medida
Considerando que los hábitos se presentan  en circunstancias que resultan ordinarias para el sujeto las actividades que se enfocan a su modificación tienen dos posibles alternativas: modificar los estímulos ambientales relevantes para la expresión de la misma, o inhibir la respuesta habitual a través de mecanismos de incentivo o censura. Sin importar la alternativa por la que se opte, el punto de partida es la toma de consciencia del hábito y los estímulos ambientales que lo evocan, ya que, al ser emitido de forma automática se encuentra fuera de la consciencia del sujeto y solo después de la visualización es posible detenerlo y modificarlo.
El desarrollo de hábitos saludables por su parte, requiere la repetición de la conducta a lo largo del tiempo y mucha voluntad del sujeto para mantenerse en la emisión de las mismas antes de que éstas se automaticen, por lo que los programas enfocados al desarrollo de hábitos alimentarios saludables deben brindar acompañamiento continuo y a largo plazo.
Algunos mecanismos de motivación extrínseca para el desarrollo de una nueva conducta pueden resultar muy útiles dando a los sujetos una forma de incentivar el comportamiento saludable en sus fases iniciales, sin embargo, el segundo paso obligado es encontrar mecanismos de motivación intrínseca que aseguren el mantenimiento de la conducta a largo plazo sin un excesivo gasto de recursos.
Existen mecanismos de motivación extrínsecas a los cuales se recurre constantemente en los procesos de cambio de hábitos, sin embargo, cuando se opta por estrategias indiscriminadas, generalmente resultan poco efectivas. Los mecanismos de motivación idóneos, van a depender del sujeto en cuestión dado que cada persona conoce los mejores “premios” que funcionan como motivantes para el mantenimiento de una conducta. Dichos incentivos pueden ser tan diversos como premios materiales, horas de esparcimiento o reconocimientos públicos.
Sin embargo, el desarrollo de hábitos no puede basarse en mecanismos de motivación extrínseca solamente, el sujeto debe encontrar mecanismos intrínsecos que aseguren el mantenimiento de la conducta. De igual forma, éstos dependen de cada sujeto y no existen respuestas indiscriminadas, no obstante, para el caso de los hábitos alimentarios mucho se logra cuando el sujeto asume como principal mecanismo de motivación su bienestar físico y emocional a largo plazo.
La capacidad de autorregulación del sujeto resulta fundamental dentro de los procesos de cambio. Se ha identificado que adecuados niveles de autorregulación predicen buenos resultados a largo plazo en el alcance de objetivos, ya que considera la forma en que los individuos pueden corregir sus conductas con exigencias propias en el establecimiento de metas, la automotivación, la autodirección y la autoevaluación 

 Cuando se busca la modificación de estilos de vida incorporando más de un hábito a la vez como dieta y ejercicio, se ha encontrado una efectividad moderada o que requiere largo tiempo para su automatización. Lo anterior se explica por lo complejo de encontrar y mantener mecanismos de motivación para la emisión de dos conductas diferentes que se busca se convierta en habituales.
Además de los elementos antes mencionados, otro factor a considerar en las intervenciones para el cambio de hábitos es la edad. Al respecto se ha visto que la infancia es una etapa idónea para el desarrollo de hábitos saludables que lleven a una mejor calidad de. Asimismo, la forma en que se imparte la intervención también puede repercutir sobre los efectos de la misma. Intervenciones que hacen uso de las tecnologías informáticas para el cambio de hábitos alimentarios y de actividad física han mostrado ser efectivas para incentivar el autocuidado fuera del ámbito clínico
Considerando que las personas consumen determinados alimentos influidos por los espacios donde se alimentan, resulta interesante profundizar en el conocimiento sobre la influencia que el acelerado crecimiento de los lugares de comida rápida tiene en los hábitos alimentarios de la población. De igual manera, la asociación con los estados emocionales da lugar a interrogantes sobre la influencia que la valencia (agradable o desagradable), la activación (excitado o calmado) y la dominancia (alta y baja),  tienen en la emisión de determinadas conductas habituales.
Conclusiones
Los hábitos alimentarios son uno de los procesos humanos más complejos de describir. En torno a la alimentación hay una serie situaciones que influyen directamente en la ejecución de una conducta y como se ha revisado, tienen mucho que ver con experiencias gratificantes previas que reafirman la continuidad de la conducta por muy dañina que pudiera ser.
Pese a la complejidad de su modificación, la comprensión de las características de los hábitos permite dirigir más eficazmente las intervenciones enfocadas a la promoción de la salud y prevención de enfermedades. Como se ha señalado, el comportamiento típico de un sujeto es un fuerte predictor del comportamiento futuro, por lo que ante la ausencia de intervenciones, debe esperarse la repetición de la conducta habitual a lo largo de la vida con los respectivos daños a la salud que pudiera traer.
La evidencia del éxito de las intervenciones enfocadas a la modificación de hábitos es prometedora en la medida en que aparejado con el establecimiento de objetivos, se instauran también mecanismos de motivación que inicialmente pueden ser extrínsecos pero para asegurar su arraigo deben pasar a mecanismos intrínsecos, enfocados en el bienestar y cuidado de la salud. La autorregulación puede ser empleada para el cambio de hábitos inadecuados a través de la toma de conciencia de los mismos, establecer objetivos a corto, mediano y largo plazo y los mecanismos de motivación extrínseca e intrínseca para el mantenimiento de la conducta hasta que ésta se automatice.