Los hábitos
alimentarios
Los hábitos son comportamientos que se repiten con frecuencia en el
tiempo y en ambientes similares, pero que van mucho más allá de la simple
repetición de conductas. Implican una secuencia aprendida de actos que han sido
reforzados tras el paso del tiempo a través de experiencias gratificantes
internas o brindadas por el medio ambiente dando lugar a un comportamiento que
en gran medida está más allá de la conciencia y que se activa automáticamente
por señales específicas.
Los hábitos alimentarios incluyen más que el ingerir alimentos, implican
una sucesión de hechos y pensamientos que si bien culminan en el momento de la
ingesta, tiene una serie de antecedentes que llevan a ese desenlace: la
selección y compra de ingredientes, la preparación culinaria, la cantidad que
se ingiere, la frecuencia con que se ingiere, e incluso la fisiología del
apetito y la saciedad.
En términos fisiológicos, el hambre y la saciedad son regulados por un
sistema neuroendocrino a través de señales moleculares centrales y periféricas
que se integran en el hipotálamo, la falla en este sistema puede llevar a la
presencia de desnutrición si el daño fue en hipotálamo lateral, u obesidad si
ocurrió en los núcleos hipotalámicos ventromedial y paraventrieecular al no
haber una adecuada regulación de la saciedad. Dichas fallas tienen gran
influencia en los hábitos alimentarios de los sujetos.
Por otra parte, los hábitos alimentarios en toda la complejidad que
implican desde la selección y compra de los alimentos hasta las porciones que
se ingieren, están determinados por aspectos familiares, culturales y sociales,
a los cuales se agrega el nivel económico en función del poder adquisitivo y la
oferta y demanda de productos. Todo lo anterior posiciona a los hábitos
alimentarios como procesos complejos tanto para su cambio como su desarrollo
por la manera en que han sido interiorizados por el sujeto que los lleva prácticamente
a respuestas automáticas.
El hábito como
respuesta automática
Cuando una conducta es habitual la persona requiere poca información;
suelen actuar sin mucho detenimiento para analizar las situaciones debido a que
el comportamiento se desencadena mayormente en concordancia con el
comportamiento pasado. Por tanto, la intencionalidad del sujeto resulta ser un
pobre predictor debido a que la conducta se presenta en función de estímulos
situacionales como una respuesta automática ajena a la conciencia del sujeto.
Repetir una conducta a lo largo del tiempo y en las mismas condiciones
ambientales lleva a que ésta se automatice respondiendo al estímulo contextual.
Para que se dé dicha automatización, hubo antes un proceso en el cual se
obtuvo algún incentivo cada vez que se emitía la conducta alimentaria. Dicho
incentivo pudo provenir de una fuente intrínseca o extrínseca: el sabor de los
alimentos, la memoria olfativa o emocional ligada a los alimentos, la sensación
de saciedad que generan, sus costos, accesibilidad, la rapidez de su
preparación y la aceptación de su consumo en determinados grupos sociales.
Los hábitos como procesos contexto-dependientes, son influidos por
condiciones ambientales determinadas: algunos espacios físicos, factores
sociales o la presencia de otras personas que funcionan como activadores
automáticos de la conducta habitual. Los hábitos se asumen como comportamientos
aprendidos en los cuales los factores ambientales influyen de forma
determinante por el incentivo que brindan a su expresión.
Lo anterior trae como consecuencia una disposición a repetir el
comportamiento pasado, ante la presencia de los factores desencadenantes que
además, resultan ser comunes en el contexto del sujeto. Por lo anterior, son
potentes predictores de la conducta, al ser evocados por estímulos ambientales
que no requieren una mayor revisión.
Cabe señalar que más allá de lo contextual, también se ha observado que
determinados estados emocionales llevan a la emisión de conductas habituales
para el sujeto. Por ejemplo, sentirse triste o con ansiedad lleva a excesos en
la alimentación o preferir el consumo de alimentos altamente calóricos. Incluso
algunos estudios han mostrado que el consumo de ciertos ácidos grados reduce
los niveles de ansiedad, lo cual se ha asociado a que son composiciones
similares a las contenidas en la leche materna y el líquido amniótico.
Derivado de lo anterior, la modificación de hábitos
alimentarios resulta ser un proceso complejo. Por lo que, las intervenciones
enfocadas a esos fines deben tener en consideración esta complejidad y las
características propias del hábito, para encontrar mecanismos ad hoc para su modificación.
La modificación de hábitos alimentarios
La modificación de conductas tiene sus matices dependiendo de las
características de la misma. Las estrategias basadas en la intencionalidad del
sujeto y el establecimiento de objetivos funcionan perfectamente cuando se trata
de conductas aisladas o esporádicas. En cambio, cuando los hábitos están muy
arraigados en el sujeto estas estrategias son poco efectivas para lograr el
cambio
Lo cierto es que la modificación de hábitos alimentarios implica un reto
más allá de lo que pudiera ser la incorporación de una conducta o la extinción
de otra que se realiza poco frecuentemente. Aunado a la intencionalidad y
planteamiento de objetivos, deben trabajarse aspectos psicológicos como
actitudes y motivación para que se den estos cambios por lo que las estrategias
regulares que se dirigen a brindar al sujeto información necesaria sobre el
beneficio que obtendrá, pueden no ser funcionales o serlo en muy baja medida
Considerando que los hábitos se presentan en circunstancias que
resultan ordinarias para el sujeto las actividades que se enfocan a su
modificación tienen dos posibles alternativas: modificar los estímulos
ambientales relevantes para la expresión de la misma, o inhibir la respuesta
habitual a través de mecanismos de incentivo o censura. Sin importar la
alternativa por la que se opte, el punto de partida es la toma de consciencia
del hábito y los estímulos ambientales que lo evocan, ya que, al ser emitido de
forma automática se encuentra fuera de la consciencia del sujeto y solo después
de la visualización es posible detenerlo y modificarlo.
El desarrollo de hábitos saludables por su parte, requiere la repetición
de la conducta a lo largo del tiempo y mucha voluntad del sujeto para
mantenerse en la emisión de las mismas antes de que éstas se automaticen, por
lo que los programas enfocados al desarrollo de hábitos alimentarios saludables
deben brindar acompañamiento continuo y a largo plazo.
Algunos mecanismos de motivación extrínseca para el desarrollo de una
nueva conducta pueden resultar muy útiles dando a los sujetos una forma de
incentivar el comportamiento saludable en sus fases iniciales, sin embargo, el
segundo paso obligado es encontrar mecanismos de motivación intrínseca que
aseguren el mantenimiento de la conducta a largo plazo sin un excesivo gasto de
recursos.
Existen mecanismos de motivación extrínsecas a los cuales se recurre
constantemente en los procesos de cambio de hábitos, sin embargo, cuando se
opta por estrategias indiscriminadas, generalmente resultan poco efectivas. Los
mecanismos de motivación idóneos, van a depender del sujeto en cuestión dado
que cada persona conoce los mejores “premios” que funcionan como motivantes
para el mantenimiento de una conducta. Dichos incentivos pueden ser tan
diversos como premios materiales, horas de esparcimiento o reconocimientos
públicos.
Sin embargo, el desarrollo de hábitos no puede basarse en mecanismos de
motivación extrínseca solamente, el sujeto debe encontrar mecanismos
intrínsecos que aseguren el mantenimiento de la conducta. De igual forma, éstos
dependen de cada sujeto y no existen respuestas indiscriminadas, no obstante,
para el caso de los hábitos alimentarios mucho se logra cuando el sujeto asume
como principal mecanismo de motivación su bienestar físico y emocional a largo
plazo.
La capacidad de autorregulación del sujeto resulta
fundamental dentro de los procesos de cambio. Se ha identificado que adecuados
niveles de autorregulación predicen buenos resultados a largo plazo en el
alcance de objetivos, ya que considera la forma en que los individuos pueden
corregir sus conductas con exigencias propias en el establecimiento de metas, la automotivación, la autodirección y la
autoevaluación
Cuando se busca la modificación de estilos de vida incorporando
más de un hábito a la vez como dieta y ejercicio, se ha encontrado una
efectividad moderada o que requiere largo tiempo para su automatización. Lo
anterior se explica por lo complejo de encontrar y mantener mecanismos de
motivación para la emisión de dos conductas diferentes que se busca se convierta
en habituales.
Además de los elementos antes mencionados, otro factor a considerar en
las intervenciones para el cambio de hábitos es la edad. Al respecto se ha
visto que la infancia es una etapa idónea para el desarrollo de hábitos
saludables que lleven a una mejor calidad de. Asimismo, la forma en que se
imparte la intervención también puede repercutir sobre los efectos de la misma.
Intervenciones que hacen uso de las tecnologías informáticas para el cambio de
hábitos alimentarios y de actividad física han mostrado ser efectivas para
incentivar el autocuidado fuera del ámbito clínico
Considerando que las personas consumen determinados alimentos influidos
por los espacios donde se alimentan, resulta interesante profundizar en el
conocimiento sobre la influencia que el acelerado crecimiento de los lugares de
comida rápida tiene en los hábitos alimentarios de la población. De igual
manera, la asociación con los estados emocionales da lugar a interrogantes
sobre la influencia que la valencia (agradable o desagradable), la activación
(excitado o calmado) y la dominancia (alta y baja), tienen en la emisión
de determinadas conductas habituales.
Conclusiones
Los hábitos alimentarios son uno de los procesos humanos más complejos
de describir. En torno a la alimentación hay una serie situaciones que influyen
directamente en la ejecución de una conducta y como se ha revisado, tienen
mucho que ver con experiencias gratificantes previas que reafirman la
continuidad de la conducta por muy dañina que pudiera ser.
Pese a la complejidad de su modificación, la comprensión de las
características de los hábitos permite dirigir más eficazmente las
intervenciones enfocadas a la promoción de la salud y prevención de
enfermedades. Como se ha señalado, el comportamiento típico de un sujeto es un
fuerte predictor del comportamiento futuro, por lo que ante la ausencia de
intervenciones, debe esperarse la repetición de la conducta habitual a lo largo
de la vida con los respectivos daños a la salud que pudiera traer.
La evidencia del éxito de las intervenciones enfocadas a la modificación
de hábitos es prometedora en la medida en que aparejado con el establecimiento
de objetivos, se instauran también mecanismos de motivación que inicialmente
pueden ser extrínsecos pero para asegurar su arraigo deben pasar a mecanismos
intrínsecos, enfocados en el bienestar y cuidado de la salud. La
autorregulación puede ser empleada para el cambio de hábitos inadecuados a
través de la toma de conciencia de los mismos, establecer objetivos a corto,
mediano y largo plazo y los mecanismos de motivación extrínseca e intrínseca
para el mantenimiento de la conducta hasta que ésta se automatice.
